Por Mario Flores


Si bien Terciopelo negro es tu primer libro publicado, es notorio el trabajo que llevan estos textos, desde hace tiempo, hacia la construcción de una prosa cuidadosamente visceral. ¿Cómo fueron pensados estos cuentos?


Tenía la mayoría de los relatos escritos, y otros nacieron en el mientras tanto, cuando la publicación dejó de ser un deseo y se volvió una posibilidad concreta. Me propuse proyectar una obra breve, de relatos cortos unidos por una atmósfera común. Tal atmósfera consistía en poner a dialogar la oscuridad con la luminosidad de forma permanente. Cuando tuve eso en claro, comencé a tirar de la punta del ovillo para armar la totalidad del libro. Al ser breve, siento que ese clima que lo recorre no cansa sino que termina justo antes de que pueda pasar eso. Me parece interesante el concepto de prosa cuidadosamente visceral. No soy complaciente a la hora de escribir, pero eso no quita belleza al narrar. Por ejemplo, en uno de los relatos donde se pasa de la figura de un viejo abusador a unos niños que prometen cazarlo y exhibirlo como un trofeo de gatos para defender a su prima. Mis personajes suelen escaparse de lo convencional o de lo que se espera de ellos. Así como una niña tiene la habilidad de guiar en el cerro como nadie y duerme a través de su canto a un adulto asustado, en otra historia, unos chiquitos asisten el parto de una mujer que está dando a luz sola. Para mí, los escenarios donde las situaciones transcurren son importantes. Los personajes que interactúan con esos entornos naturales están profundamente tironeados psicológicamente. Todo se cocina entre lo que se silencia y lo que está a punto de estallar. En definitiva, entrelazo dos cuestiones que, en general, se las asocia a carriles diferentes: lo crudo, por un lado, y lo poético, desde su cara metafórica. Me gustan esos momentos de respiro en medio de lo infectado. Por otro lado, en este libro la trama no es lo más importante, sino todo lo que orbita alrededor. El ojo estuvo puesto más en la estética del lenguaje que en el avance de una narración o en el desarrollo de una historia. Es un camino arriesgado para un primer libro de narrativa, pero esa fue mi búsqueda y la editorial apostó.



Es muy importante mencionar que este libro es el producto de lo que generan las ferias de libros y las editoriales independientes: conociste a Funga Editorial en la primera feria que se hizo en donde vivís, Amaicha del Valle. ¿Cómo se tejen estos diálogos entre libros y el pueblo, y cómo fue el proceso de su publicación?


La idea de este libro tiene mucho que ver con la Feria del Libro de Amaicha del Valle, un encuentro que ya lleva tres años y que en febrero próximo celebrará su cuarta edición. En una de mis recorridas por la feria quedé encantada con el stand de Funga por varios motivos: el diseño y la estética de sus libros, la reutilización de materiales, la difusión y selección de varios/as autores/as del NOA, y ese universo de hongos, insectos y plantas que hace del sello algo particular. Les comenté que escribía, que tenía textos guardados. Casualmente, esa misma tarde me regalaron un anotador de Funga: todavía recuerdo el aroma de ese objeto hecho con cáscaras de naranja. Ahí anoté algunas ideas sueltas que terminaron siendo parte de Terciopelo negro. En cuanto al proceso, es importante mencionar que vengo del campo de las ciencias sociales. Mi formación en la lectura y la escritura fue y es un camino completamente desinstitucionalizado. Hice talleres que le dieron dirección a mi búsqueda de escritura a lo largo del tiempo. De alguna manera, el bagaje que traigo del campo de lo social se ha colado en mi escritura de ficción. En los últimos años comencé a vincularme con el ámbito literario de manera más profunda. Me refiero al hecho de recorrer y conocer editores, escritores, talleristas. Esa circulación ha sido vital porque aprendí mucho de los intercambios y de la escucha.  Es importantísimo el intercambio con los otros.



En "Atado de abejas", el tercer cuento del libro, aparece lo que podría ser la frase de oficio de este tipo de literatura: "nadar a contracorriente". Por la brevedad del volumen, el estilo personal, el sitio de donde viene, todos elementos muy lejanos a lo que se espera de un lanzamiento editorial. ¿Cómo se milita esa escritura y cómo se la practica desde nuestro territorio?


Es el relato que quizás más carga sociopolítica tiene. Mis relatos rondan sobre violencias cruzadas: de género, étnicas, cuestiones ambientales, de clase. Hay, además, representaciones sobre el goce, la muerte y la naturaleza como algo reverencial. Creo que hay cierta incomodidad en quienes escribimos desde estos territorios norteños. Nací y me crié en el sur tucumano y actualmente resido en Amaicha del Valle desde hace una década. Es una incomodidad que nace de las preguntas que nos hacemos: quiénes son los otros, ellos/nosotros, nosotros/ellos. La alteridad es un terreno complejo en una escena nacional cimentada en binomios profundamente jerárquicos, creadores de narrativas dominantes muy nocivas. Eso repercute directamente en nuestra escritura y constituye nuestra potencia desde el NOA: una contradicción difícil de entender y clave. Esas problemáticas estructurales calan hondo. Las formas de la colonialidad nunca dejaron de avanzar y, por eso, nadamos a contracorriente también desde la literatura. No sé muy bien qué se espera de un lanzamiento editorial. La literatura es una aliada en ese nado, al igual que mi sello editor, una editorial independiente de Santiago del Estero que comparte una mirada afín a mis procesos reflexivos, como otras en la región.



Como lectora y escritora, los talleres son un espacio primordial en tu trayectoria, siendo parte de talleres literarios en bibliotecas populares con autoras mujeres. ¿Qué espacio representan los talleres literarios, además de laboratorio creativo?


Representan un espacio en donde no solo circula la literatura, sino muchas otras cosas que terminan derramando en la escritura: la vida, los hijos, la cursada, el quilombo con la novia o el novio, cómo se hace para pagar la boleta de la luz. También hay contrastes generacionales bien marcados, y a partir de eso, desmantelamos una y otra vez prejuicios. “Los humanos solo son hologramas”, me dijo hace poco una compañera de taller de ochenta y nueve años. Los talleres literarios te devuelven justamente eso: la capacidad de asombro permanente. En la biblioteca popular de Santa María conocí a mujeres autoras que actualmente son mis amigas. A través de los intercambios en los talleres leí a escritoras que, de otro modo, no sé si se hubieran cruzado. Vuelvo a la importancia de estar y hacer con otros/as, y lo digo yo que soy una mujer solitaria. Con ese grupo sostuvimos un Taller Literario de Mujeres, con el cual organizamos eventos hermosos vinculados a la escritura a mano de cartas, abiertos a toda la comunidad. Tuvo tres ediciones, todas muy convocantes. Actualmente continúo en otro taller de prosa y poesía, itinerante entre la biblioteca de Amaicha y la de Santa María, que coordina el escritor catamarqueño Enrique Traverso.



En la última edición del Festival Internacional de Literatura de Tucumán te tocó participar en una mesa de poesía, siendo narradora. ¿Qué lectura puedes hacer sobre la actualidad de las literaturas que estás consumiendo?


No reniego de dónde se me ubique porque mi escritura es bastante mestiza, y habilita desmarcarme de los casilleros. La prosa poética me convoca, y abre el abanico a poder compartir espacios. En la actualidad, mi búsqueda tiene que ver con lecturas de autores de nuestra zona y también con el catálogo de editoriales independientes; revitalizar eso a través de un posicionamiento. No solo por una cuestión de postura, sino porque hay escrituras de enorme valor literario: pienso en Luciana García Barraza o Grimanesa Lázaro. Son autoras que me interesa cómo logran que la escritura de lo chiquito, del deseo o del cuerpo, termine siendo algo social y colectivo.


Se presenta Terciopelo negro en la Feria del Libro de Salta, cuya edición número 16 incluye en su grilla varias autoras tucumanas, tanto poetas como narradoras. ¿Cómo fueron las presentaciones y qué destacas de ese entramado público de lanzar un libro?


En este último tiempo las mujeres transitamos una ola poderosa con cambios significativos, hasta encontrarnos hoy con que se vuelven a poner en discusión cuestiones que creíamos saldadas. Por eso, siempre es fundamental que ocupemos espacios, ya sea en la literatura, en el deporte, en la música o en los tribunales. Llegar a Salta compartiendo grilla con narradoras tucumanas no es una coincidencia. La presentación en la Feria del Libro de Salta será la cuarta y estoy entusiasmada y agradecida de poder estar. Las presentaciones de Terciopelo negro fueron muy diferentes entre sí. La primera fue la más entrañable, no solo porque era la primera, sino porque mis compañeras de taller de ese momento se prepararon con muchísimo compromiso. No era algo solo mío: éramos nosotras. Después vino la Feria del Libro de Amaicha, en que logramos generar un momento de atención que disfrutamos mucho junto a Andrés Acuña, editor de Funga, y Leticia Martínez, escritora talentosísima y con experiencia que ahuyentaba cualquier tipo de nervios. La particularidad de esa presentación es que fue en el patio central de la escuela primaria, un lugar al que voy la mayoría de mis días porque mi hijo hizo todo su recorrido escolar ahí. La experiencia se repitió en el Mayo de las Letras, en San Miguel de Tucumán. Algo persistió en todas las presentaciones: una porción de la audiencia era un público no conocido por mí. Salir a la luz con Terciopelo negro me hizo entender que la literatura no se hace de forma aislada. Ese público desconocido es, sin duda, el que me pone a pensar: le carga un nuevo sentido al libro y abre conversaciones inesperadas.